24 Agosto de 2021

Sobre la memoria

Equipo Mageia Ibarzabal Por Equipo Mageia

La memoria es un misterio, al menos para mí. 

 

Por qué recordamos ciertas cosas y no otras; por qué situaciones que estaban desaparecidas de nuestra consciencia de pronto salen a la luz sin escatimar detalles gracias a una canción o a un olor que por casualidad llega a nuestras narices. 

 

Cuánto habrá de cierto en algunos recuerdos, me pregunto. ¿Las cosas sucedieron así de verdad o fue una construcción de la mente basado en una mezcla, o no, de relatos de terceros, imágenes de fotos y sueños?

 

Me atrevo a decir que somos muchos los que podemos recordar cosas totalmente intrascendentes, como el número de teléfono (fijo) de algún amigo de nuestra infancia o algún familiar. Y apuesto también que hubo algún detalle del día de hoy, incluso de esta mañana misma, que no pueden recordar. Eso, siempre y cuando no sean como Funes el memorioso, que sufría en carne propia el calvario de almacenar en su cerebro cada cosa que recordaba. “Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Porque sí, claro que es un calvario. Imagínense no poder olvidar algo que nos causa dolor (aunque, seamos sinceros, ¿alguien puede olvidar algún episodio que lo hizo sufrir?) o que nuestra mente evoque, al ver un techo a dos aguas, las fórmulas de la trigonometría.

 

Hace unos meses, en las vacaciones de verano, leí un libro que se llama El arte de crear recuerdos. A partir de esa lectura, me pareció interesante desafiar a mi memoria y me propuse hacer entonces mi propia colección de recuerdos para que no quede librado a su criterio caprichoso lo que se guarda y lo que no. Para cumplir con esa valiosa misión, un cuaderno se transformó en hipocampo, neocórtex y amígdala ad hoc, y en él comencé a anotar anécdotas y situaciones amalgamadas con las emociones que sentí en esos momentos, y los sonidos y olores que los acompañaban. Sí, igual que los recuerdos de Funes, que no eran simples, sino que: “Cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.”. 

 

Desde ya que es necesaria la voluntad y la constancia para llevar a buen puerto esa bitácora especial, y a veces el ritmo acelerado del día a día atenta contra tan noble fin.

 

La memoria, según dicen los que entienden del tema, implica un proceso de codificación, almacenamiento y recuperación, rasgos que entiendo que sin dudas comparte con el lenguaje: el proceso de codificación mediante los signos de escritura por parte del emisor y la decodificación del receptor, el almacenamiento en los corpus lingüísticos…  

 

Y quién si no Borges para hacer una mezcla magistral de todo aquello que se relaciona con la memoria y su contracara, el olvido, junto con un uso impecable de nuestra lengua.  Menos no se le puede pedir a una figura indiscutida de la literatura argentina (y mundial), cuya obra sigue más vigente que nunca. Quizás él tenía razón al decir que “tal vez todos sabemos que somos inmortales”. Al menos por ahora, lo está demostrando.

 

Hoy recordamos un nuevo aniversario de su nacimiento. Y digo “recordamos”, aunque cabe preguntarse, como lo hiciera el narrador en Funes el memorioso, si tenemos derecho a pronunciar ese verbo sagrado… 

 

 

Crédito: Ángeles Obarrio

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